Recuerdo que de niño solía ir a un monte cercano a la casa familiar para llegar al cual había antes que cruzar un río sobre un improvisado puente conformado por unos bloques de piedra que, sin grandes alardes, permitía sobrevolar el cauce y caudal del río para llegar a destino. Nunca agradeceremos lo suficiente el servicio que estas piedras ordenadas prestaron a muchas personas a lo largo de la historia. Eso me hace pensar que el puente es símbolo de lo que nuestra vida debiera o pudiera ser. El puente une dos orillas inaccesibles o difícilmente accesibles, con el riesgo que supone siempre acometer las aguas que corren ladera abajo en busca de otro caudal mayor o del mismísimo mar. Ser como un puente implica estar al servicio de la comunicación, del encuentro, de la relación pacífica. Es tratar de unir evitando así la fatal división o enfrentamiento entre personas y grupos humanos, tratando de salvar las dificultades, los ríos torrenciales que dividen y separan dos tierras. Si no recuerdo mal, el término “pontífice” es hijo del latín, y en sus inicios aludía precisamente a la idea que hoy expresamos con “puente”. Es más, en realidad el pontífice era un constructor de puentes entre lo terreno y lo celestial, lo humano y lo divino. En la antigua Roma era un magistrado sacerdotal. Llegados los tiempos de fusión Roma-Cristianismo, los representantes de la Iglesia pasaron a denominarse también pontífices, y hoy conservamos esta denominación para referirnos al obispo de Roma, al “sumo” o “romano” pontífice, que ha de ser un constructor de puentes entre la tierra y el cielo, entre el ser humano y Dios, entre las realidades temporales-finitas y las eternas. Y en cierto modo cada uno de nosotros deberíamos ser pontífices en esta vida social tan fragmentaria y herida por las divisiones, el odio, la violencia, la competitividad feroz deshumana y deshumanizadora. Hubo incluso personas que se santificaron a fuerza de construir puentes. Es el caso de San Juan de Ortega, o Santo Domingo de la Calzada, que en su afán por servir a los peregrinos que se dirigían a dar culto a los restos apostólicos llegaron incluso a construir puentes que salvasen el escollo que supone para el caminante darse de bruces con un río. Y en cierto modo la vida cristiana es esto mismo: estar al servicio del bien común acortando las distancias, desbrozando las malas hierbas de la falta de entendimiento, construyendo puentes sobre el mismo abismo si fuera necesario. Jesucristo es pontífice máximo porque Él mismo es puente que une a Dios con sus criaturas.
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