Los seres humanos nos asemejamos más de lo que nos creemos, aunque haya aspectos culturales, ideológicos, o de otra índole que nos identifiquen y al mismo tiempo diversifiquen. Pero si en algo coincidimos todos es en que antes o después, queramos o no, tendremos que vernos las caras a solas con el sufrimiento. Y en ese instante nuestra vida se oscurece, nuestras expectativas se vienen abajo. Todo nos resulta un sinsentido.
Cualquier dificultad es siempre también una oportunidad para crecer por dentro, para madurar como personas, también como cristianas/os. Y es en estos momentos de duda e incertidumbre cuando la fe más resplandece. Una fe humilde que viene en nuestra ayuda para acompañarnos en nuestro proceso personal de crecimiento ante la adversidad. La fe no es la piedra filosofal, no es el “libro de Petete” con explicaciones para todo. Es tan sólo una humilde compañera en el camino de la vida que nos puede ofrecer aliento y ánimo en los peores momentos.Si tu vida se ha oscurecido, si te sientes perdida/o en la oscuridad de tu noche personal: no desesperes, enciende la vela de la fe, quizás puedas alcanzar a ver que tras tanto misterio en realidad hay un sentido pleno: Dios. Un Dios que a veces parece que juega al escondite pero que ha sido, y es, para muchas personas el centro de sus vidas, un baluarte frente a la adversidad. La Sagrada Escritura define a Dios como luz y amor. Colma tu vida de amor y déjate iluminar por la luz de la fe.
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