
A lo largo de la historia se ha escrito mucho sobre la figura de Francisco de Asís. De hecho es posiblemente uno de los personajes medievales de cuya vida más conocemos hoy merced al servicio prestado por los biógrafos coetáneos del santo que, con un matiz u otro, han dejado constancia de su perfil. Claro que estas biografías suelen incidir en la santidad indudable del personaje. Pero personalmente prefiero quedarme con el aspecto más puramente humano de Francisco, del hombre que lucha, sufre, goza, y a fuerza de humildad conquista corazones.
No deja de ser sorprendente el comprobar cómo mucha gente de hoy sigue recordándole con auténtico cariño. Quizás porque Francisco es la versión más lograda de lo que el amor puede llegar a significar, entendido ese amor como auténtica actitud existencial. Porque la vida de Francisco, el santo de los milagros, el hermano de las criaturas, el predicador de la paz, no se comprende si no se contempla desde el prisma del amor, del amor de Dios que él experimentó sobremanera. Por eso, en este tiempo otoñal en el que celebramos la fiesta del santo de Asís, quiero tener un recuerdo cariñoso y agradecido para este hombre de ayer que sigue teniendo hoy mucha actualidad. Y creo que no huelga afirmar que personalmente le debo mucho, porque en él he visto reflejado el rostro del amor del Dios en el que creo.
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