Carta a Francisco de Asís

EN EL 800 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DE LA ORDEN FRANCISCANA

(Francisco J. Castro Miramontes, en Alter Christus). Hermano Francisco: paz y bien. Han pasado ya casi ocho siglos y aún seguimos recordándote, aun cuando seguramente tú hubieras preferido pasar de puntillas por la historia, porque en realidad eras, de corazón, un ciudadano del cielo. Casi ochocientos años en los que la Humanidad ha seguido su curso y en los que hemos vuelto a caer en los graves errores de tu época. De hecho seguimos viendo en ti, hombre de tu tiempo, curtido en la brega cotidiana en un medio cultural, político, religioso y económico determinado, a alguien que tiene mucho que decirnos hoy. En ese sentido, está claro que no has perdido ni un ápice de actualidad, de novedad y de originalidad.

Pero al tiempo que constato esto no dejo por ello de sentir una especie de nos-talgia, y al mismo tiempo de tristeza. Me explico. Sentimos nostalgia de alguien, de algo, de algún lugar, que identificamos como único, hermoso, esencial en nuestras vidas. Y lo hacemos precisamente porque tememos haberlo perdido, o que ya no vuelva más, o que ya nada vuelva a ser lo mismo. Mi nostalgia hacia ti consiste quizá en que siento que tu historia de amor se ha quedado anclada, estancada, perdida, como si de una isla se tratase, en el océano in-menso de la historia, como si lo que tú viviste ya no pudiera ser vivido hoy, al menos no de la misma manera y con la misma intensidad. Y me refiero no a tu vida concreta que, al fin y al cabo, es única e irrepetible, sino a tu experiencia de amor solidario y generoso, tu compromiso desde y por la paz, que hoy tanto necesitamos.

La nostalgia es positiva si nos hace renacer a lo mejor de nosotros mismos, aunque sea a fuerza de idealizar y soñar con lo hermoso. La tristeza me brota –te lo confieso– porque compruebo que el ser humano de hoy, en realidad, no ha evolucionado. Sí es cierto que la tecnología es deslumbrante. Seguramente a ti te sobrecogería comprobar cómo se ha avanzado en el aspecto de la técni-ca o la medicina, pero de un modo injusto, ya que hemos convertido el mundo en un gigantesco lazareto en el que marginamos a miles de millones de perso-nas que han de sobrevivir (y a veces ni siquiera eso) en medio del latigazo in-sultante de la miseria. Sí, sin duda, tú, hoy, de nuevo, estarías ahí, junto a es-tos nuevos «leprosos».

El gran avance, el progreso del que tanto hablan los políticos, en realidad es un poco ficticio. Para algunas personas la vida es un poco más cómoda, tienen (tenemos) muchos medios materiales, pero el corazón sigue siendo el mismo, el que tú conociste en tu tiempo. Las diferencias, aquí, son de mero matiz. En tu tiempo vestíais de un modo, viajabais a caballo, no teníais televisión ni inter-net, pero el corazón humano podía llegar a ser inmensamente mezquino, como hoy. La verdadera revolución, la del corazón, la iniciada por tu Jesús y conti-nuada por ti, aún está inconclusa. Es un gran fracaso, pero al mismo tiempo también un estímulo para continuar construyendo sueños y esperanzas, por-que, como puedes comprobar, aún está casi todo por hacer. Es cierto que han sucedido acontecimientos hermosos, que el bien sigue abriéndose un hueco en medio de la historia, que hay personas maravillosas que se parecen mucho a ti, pero el mal sigue siendo contumaz y se resiste a abandonar el corazón huma-no, en cuya tierra brotan todas las semillas de enfrentamiento y violencia. De las guerras de nuestro tiempo no quiero ni hablarte, de tantas formas de guerra bastante más cruentas que las de tu tiempo, porque hoy, es muy fácil matar: ¡qué horror!
Tu familia religiosa –aunque tú no querías fundar nada por no sentirte digno– ha sido, sigue siendo, muy próspera, aunque ha sido una historia de luces y sombras, de lucha por conquistar un hermoso ideal al tiempo que la realidad concreta se nos impone, una realidad llena de contradicciones e infidelidades. Hoy existen no sé cuántos movimientos religiosos y culturales que siguen tu estela. La Iglesia ha beatificado y canonizado a varios cientos de tus seguido-res (perdona; de los seguidores del Evangelio). También tus hijos e hijas han ofrecido su sangre en martirio, sin mirar atrás, sintiéndose herederos/as del reino de los cielos, con esa libertad de la que tú hablabas con frecuencia, la que nos lleva a hacer sólo aquello que no es contrario «a nuestra alma». Y en medio del mar del mundo seguimos refiriéndonos a tu «perfecta alegría», aque-lla que expresaste al Hermano Leone camino de Santa María, cuando el mal tiempo arreciaba y se confabulaba con el cansancio y el hambre. Llegar a la puerta de tu casa y no ser recibido debía ser acatado con paciencia, la ciencia de la paz, venciéndose uno a sí mismo. Es ahí, en la adversidad, en donde vence la humildad de la persona pacífica y enamorada de la vida. Vivir com-prometidos con el amor es una apuesta por la verdad caritativa que tú apren-diste en la escuela de Jesús de Nazaret.

La Iglesia actual sigue siendo, en parte, la Iglesia de tu tiempo, porque está conformada por hombres y mujeres frágiles. Se la critica mucho, pero no se quiere ver más que aquello que interesa ver. Gracias a Dios –a quien tú tantas veces dabas gracias por todo y pese a todo– siguen produciéndose en el seno de la Iglesia muchos gestos de entrega generosa por la causa del Evangelio, no siempre comprendido por algunas personas, y por los poderes de este mundo, que no desean tener cerca a testigos de la verdad, no sea que desve-len muchas mentiras sobre las que se sustenta este mundo.

De ti se sigue hablando –y ya sé que no te agrada del todo–, vencedor de vani-dades y prepotencias, como un hombre de corazón noble y espíritu humilde, como un gran amante de la creación, como testigo y portador de la paz. Cada año acuden a Asís, y a otros lugares que guardan memoria de ti, muchísimas personas provenientes del mundo entero. ¿Por qué será? Te recuerdo aquí las palabras de aquel hermano tuyo que te preguntaba por qué a ti iban todos, si en realidad tú eras lo contrario al paradigma de héroe de tu tiempo. Tu res-puesta fue sencilla y realista: porque Dios sabía de tu pecado y ha querido ma-nifestarse, como siempre, a través de un hombre frágil y consciente de sus limi-taciones. «El hombre es lo que es a los ojos de Dios, y eso basta», solías decir. Eras muy consciente de tu indigencia, pero también del gran amor de Dios para con las criaturas.

Te confieso también que en cierto modo hoy te hemos vuelto a defraudar, puesto que nos hemos hecho demasiado acomodaticios y poco comprometi-dos. Incluso te hemos «secuestrado», porque hablamos mucho de ti, te hemos levantado monumentos, se han construido majestuosos conventos, tu nombre figura en rótulos de calles, y hasta hay ciudades que se llaman como tú, recor-dándote a ti. Plasmaré aquí, por escrito, lo que tú decías: «Los santos hacen las obras, y nosotros, con narrarlas, queremos recibir honor y gloria». Quizá sea así. Es más fácil hablar de los demás que hacer de la propia vida un cami-no de encuentro con Dios y la bondad. (...).

Dicen que uno de los personajes más conocidos de la historia del siglo XX llegó a decir –después de liderar una revolución– que en realidad él hubiera necesi-tado una docena de «Franciscos de Asís» para que se hubiese cumplido su sueño. Al final el lobo que habita en nosotros sale fiero y busca a quien devo-rar. Tú has sido un rebelde, un revolucionario del corazón, y hoy te recordamos por ello, y yo, personalmente, te lo agradezco. Sabes que en mi vida tú eres muy importante. Cada vez que dirijo mis pasos, caminando por la calle que lle-va tu nombre, hacia el convento de San Francisco de Santiago de Compostela, y contemplo tu efigie de brazos abiertos en el «monumento», reconozco que me da la impresión de que la piedra me sonríe, de que allí estás tú, presente, en la piedra moldeada, en el agua de lluvia, en los pájaros cantarines, en los viandantes... en la vida, en el amor, en la paz y en la esperanza.

Quiero concluir esta improvisada carta de amigo, de hermano, con una oración, para que la recitemos juntos. Se trata de la «oración de la paz», compuesta mucho tiempo después de ti, pero que sin duda refleja perfectamente tu espíritu y estilo de vida. Quedamos emplazados para una nueva cita, cuando Dios quie-ra. Tengo ya ganas de estar contigo. Hasta siempre, Francisco, «buenagente»:

«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz;
donde haya odio, ponga yo amor,
donde haya ofensa, ponga yo perdón,
donde haya discordia, ponga yo armonía,
donde haya error, ponga yo verdad,
donde haya duda, ponga yo la fe,
donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
donde haya tinieblas, ponga yo la luz,
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
¡Oh, Maestro!, que no me empeñe tanto en ser
consolado como en consolar,
en ser comprendido como en comprender,
en ser amado como en amar.
Pues es dando como se recibe,
olvidando como se encuentra,
perdonando como se es perdonado,
y muriendo como se resucita a la vida eterna».