En cierto modo en Francisco, en el nuevo Francisco, el del beso al leproso, y el del albañil reconstructor de ermitas, asistimos al nacimiento, o renaci-miento, de un hombre nuevo, en armonía con todo: consigo mismo, con la creación entera, y con Dios. Él es el hombre reconciliado y en equilibrio ecológico y espiritual, equilibrio con el medio natural, y equilibrio con Dios.
La Fraternidad se había convertido en una referencia concreta en la vida de Francisco. Una Fraternidad vivida, sentida, amada, respetada, en torno a un proyecto común de misión pacífica y pacificadora. Pero una Fraternidad universal y cósmica, no reducida a un pequeño grupo de “Hermanos”, sino abierta a la creación entera en todas sus manifestaciones.Esta experiencia de hermandad universal deriva de la pura lógica. Si Dios es Padre (“Abbá”, “papaíto”), y a su vez Creador, entonces todos/as, y to-do, participa de esa paternidad-maternidad. Si Dios es Padre y tiene hijos e hijas, estos y estas son entre sí hermanos y hermanas. Por eso, con toda cer-teza, se puede afirmar que el sol, criatura creada, es hermano, la tierra tam-bién lo es, lo son los seres animados y las cosas inertes, y, sobre todo, lo son los seres humanos, igualmente amados por el Padre del cielo.
Tomado del libro “ALTER CHRISTUS. FRANCISCO DE ASÍS SIGNO DEL AMOR” de Francisco Castro Miramontes (Editorial San Pablo)
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