La Navidad nos remite, por asociación de ideas, a un lugar del mundo que se precia de poder celebrar el nacimiento de Jesús de una manera especialmente intensa y entrañable. Se trata de la ciudad palestina de Belén (Betlehem, "casa de pan") que hoy acoge a más de cincuenta mil personas pero que en época de Jesús no era más que una pequeña aldea situada en los aledaños de la gran capital, Jerusalén, para algunos autores: "ciudad de paz" (algo improbable por la propia etimología de la palabra que más bien alude a "ciudad o lugar del dios Salem", el dios al que adoraban los jebuseos, un pueblo cananeo que habitaba el otero sobre el que se asienta la ciudad "tres veces santa").
La basílica de la Natividad es la única de origen bizantino que se mantiene prácticamente como era en el siglo VI, edificada sobre una gruta que es lugar de visita de muchas personas provenientes del mundo entero, que signan con un beso una alianza con el amor y la paz, besando la llamada "estrella de Belén". Desde tiempo inmemorial se venera este lugar como el punto exacto del nacimiento de Jesús. Hacia el siglo II las tropas romanas destruyen Belén y sobre la gruta establecen el culto al dios Adonis. Sea como fuere, el caso es que Belén simboliza hoy la necesidad del amor y la paz, precisamente en una tierra que adolece de la misma desde hace siglos. Si la voz del nazareno sonase hoy en aquellas tierras seguro que la historia sería muy distinta.
La ciudad de Santiago puede también preciarse de tener un trocito de historia de Belén. En el Museo de Tierra Santa de la ciudad de la piedra se custodia una reproducción de la estrella y -he aquí lo más destacado- parte del mármol de la época medieval que estaba justo en el lugar en el que según la tradición nació Jesús. Y al hilo del más famoso nacimiento de la historia se me antoja un pensamiento: la existencia humana consiste en una especie de vértigo puesto que caminamos al borde del abismo del misterio, de ahí que sea esencial aprender a convivir con la finitud, que es toda una pedagogía de realismo que nos hace reconocer nuestras limitaciones, siempre en aras de mejorar. Belén es una pequeña patria de inocencia a la que siempre retornar para recuperar el sentido de lo mejor de nosotros mismos, todos esos valores que se nos están convirtiendo en cenizas en la hoguera del materialismo servil. El amor, la bondad, la compasión, la humildad, la amistad? son experiencias profundamente humanas y plenamente divinas. La pequeñez ha gritado en Belén una palabra de amor, y los siglos han tenido que sustentar su eco. Este es el misterio de Belén y de la vida: que el amor siempre se sale con la suya si se trabaja humildemente por el bien de los demás, por mucha fuerza de violencia que se quiera ejercitar.
FRANCISCO CASTRO, DIRECTOR DEL MUSEO DE TIERRA SANTA
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