El sufrimiento, como la muerte misma, es una experiencia por la que todos, antes o después, debemos pasar. En realidad lo decisivo es la calidad con la que vivamos el sufrimiento que es también una oportunidad para madurar, para crecer en profundidad de alma. El sufrimiento es el crisol en el que se prueba nuestro ser, nuestra persona y su madurez. Y es que la enfermedad, como germen del sufrir, “es a menudo para los débiles un medio de vencer” (Maurois). De modo que es de sabios el aprender a convivir con el sufrimiento. Pero, ¿es posible convivir en buena vecindad con este visitante inoportuno? ¡Qué remedio! Siempre he admirado la capacidad de algunas personas para asumir el sufrimiento como una oportunidad para el crecimiento personal. Aquellas que ante el infortunio de una enfermedad fortalecen el corazón y se ponen en manos de la providencia, no como quienes se dejan morir sino, por el contrario, como quienes tienen mucho que decir sobre la vida. Escribió Mario Benedetti que “todo es conforme al dolor con que se mira”. Y no le faltaba razón. Grandes sufridores han sido grandes maestros.
La condición humana es frágil (todos tenemos experiencia, ¿a qué sí?) Pero nuestro intelecto nos hace más grandes que nuestras debilidades en la medida en que apostemos antes por la creatividad del luchador que por el derrotismo del deprimido. La mente dicta órdenes que todo el organismo ha de obedecer. Si decretamos en nuestro reino interior que gobierne el buen ánimo y la fuerza de voluntad estaremos atreviéndonos a ser felices, radicalmente felices, pese a todo y con todo. Y ello tendrá efectos positivos no sólo para el sujeto sino también para todos aquellos que se asomen a la ventana de su ser, porque la felicidad es un torrente que empapa a cuantos se acercan a su vera.
María Jesús arrastra desde hace años un cáncer agresivo. Atrás quedan no sé cuantas operaciones quirúrgicas y un tratamiento riguroso que ha minado su organismo pero no su moral. El estado de ánimo elevado está siendo la medicina primordial que le está ayudando a salir airosa del trance. Incluso, al estar de baja laboral, ha decidido poner su tiempo y pericia al servicio de una asociación que apoya a prostitutas en el empeño por ayudarlas a salir de las redes de la explotación y la marginación. Además, su buen ánimo ha sido ya consejero para otras personas que sufren la enfermedad. María Jesús está siendo el testimonio irrefutable de que es posible convivir con el sufrimiento, con el dolor, y no por ello perder la calidad de vida del ser que somos, y que en toda circunstancia halla la oportunidad para el crecimiento. No es de extrañar que los médicos que atienden a esta mujer de férrea voluntad estén sorprendidos de que su sistema inmunológico fuera de debilitarse se convierta en una fortaleza que resiste los embates de la enfermedad.
Cada vez me convenzo más de que sufrimiento y felicidad no se oponen, antes bien se complementan. Se es feliz cuando uno asume su propia realidad sin mayor pretensión que la de vivir el momento presente con serenidad, intentando ser feliz y haciendo felices a los demás. La felicidad no es una quimera sino una existencia vivida con autenticidad y en el espíritu de la verdad. Se puede ser feliz viviendo a la intemperie y se puede ser un desdichado viviendo en una mansión. El amor y la fe, a salvo siempre la esperanza, harán el resto. Recuerdo que en una ocasión me dijo María Jesús que el crisol del sufrimiento la acercó al mundo de la fe hasta encontrar en ella un apoyo en su enfermedad. Y el amor, su familia, es el humus que está haciendo posible el pequeño milagro de su vida. Decía el Hermano Roger de Taizé que “cuanto más quiere el cristiano vivir un absoluto de Dios, más es necesario que este absoluto sea vivido en el corazón del sufrimiento humano”. Tal y como lo vivió Jesús, que también es maestro en esto del sufrir amando.
Seguramente estarás pensando: es fácil hablar, es duro sufrir. Y tienes toda la razón del mundo porque en el fondo el sufrimiento es una cuestión que se debe resolver en el propio corazón, en una lucha intestina que a veces es muy cruenta, porque todo lo decisivo se da en la soledad; también el sufrimiento. Pero si tú luchas por ser feliz en la contrariedad ya estás logrando cambiar el mundo, cambiar muchas de tus certezas endebles o mentiras sobre las que asentabas tu vida. En el fondo la felicidad es una cuestión a resolver en el propio corazón pero que tiene mucho que ver con el amor solidario hacia los demás. Si estás sufriendo en este preciso instante te animo a no arrojar la toalla, a que ames mucho y vivas desde el hondón del corazón tu sufrimiento, no como una carga, que también lo es, sino como un crisol en el que se prueba a fuego la calidad de tu ser. Como una oportunidad para el crecimiento y la transformación profunda del ser que eres: no lo dudes, aún sufriendo puedes amar mucho. Con Gil de Biedma afirmo la “resolución de ser feliz por encima de todo, contra todos y contra mí”. Porque la felicidad, como el sufrimiento, depende en buena medida de la predisposición con la que se asuman los acontecimientos de la vida cotidiana.
Tomado de “La vida es bella” (Ed. San Pablo)
Francisco J. Castro Miramontes
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