“No hay cultura más postmoderna que la de hacer el bien al prójimo.
El verdadero monumento, la más majestuosa escultura,
es el ser humano que descubre en sí la capacidad de hacer el bien a manos llenas”
Paz y bien:
Acabo de acompañar a un grupo de adolescentes en una mini-visita a la ciudad histórica de Santiago, espacio abierto de encuentro en el que confluyen la historia, el arte y la espiritualidad, todo ello posible gracias a que a lo largo de los siglos, hoy también, han sido muchas las personas que han entrevisto más allá de la piedra, que han sido capaces de atisbar un horizonte que va más allá de las apariencias. Es cierto que mi ciudad del alma es hermosa en su pétrea fisonomía, pero estoy convencido de que lo que verdaderamente toca el corazón de las personas no es la mera estética sino un algo de mágico, un “ángel” que es lo que hace que algunos lugares estén tocados por un don especial. Está claro que la ciudad de Santiago de Compostela, su historia y sus mejores expresiones artísticas, tiene mucho que ver con el Cristianismo, con la fe que lo largo de la historia ha movido -sigue moviendo- muchos corazones de hombres y mujeres de buena voluntad que se dejan seducir por el mensaje de Jesús de Nazaret. Negar la huella cristiana en mi ciudad es negar su identidad histórica, artística, y espiritual. Y lo dicho aquí, puede ser proclamado en medio mundo, puesto que la huella del Cristianismo, la huella de Jesús de Nazaret, de su madre María, de sus discípulos, de santos y santas que siguieron su estela, impregna de policromía la identidad de pueblos, lugares, ciudades y grupos humanos.
Negar la influencia cristiana, su presencia, en nuestra cultura occidental, es negar la evidencia. Y no deja de ser sorprendente cómo a lo largo de la historia la sombra (luminosa) de un judío universal, galileo de pueblo, ha llegado a imprimir carácter a toda una civilización. También es cierto que algunas de estas expresiones artísticas o culturales poco o nada tienen que ver con el mensaje de Jesús. Cuesta rastrear la huella del Nazareno entre oro y lujosas creaciones, pero la evidencia ahí está, y la cultura que creamos los seres humanos así ha sido moldeada. La pintura, la arquitectura, la música, la literatura, la escultura, la danza… han sido terreno abonado para la fe, una fe creativa, renacentista, que ha hecho brillar el arte. Por eso tratar de erradicar la fe cristiana de nuestra sociedad no sólo es un esfuerzo que raya el no respeto a la libertad religiosa, a las convicciones íntimas de una persona, sino un empobrecimiento cultural, porque para conocer nuestra historia y arte, nuestra cultura, nos tendremos que dar de bruces con Jesús y la Iglesia.
¿Cómo ha sido posible? ¿Por qué Jesús ha sido tantas veces, a lo largo de la historia, musa de inspiración para los artistas? ¿Por qué aún hoy -aún cuando sea buscando y rebuscando en los entresijos de su vida- sigue interesando tanto incluso a científicos? La respuesta la tiene el corazón, que es una forma de decir que la fe no se puede reducir a una ecuación matemática, o a una serie de respuestas, por muy lógicas y bien argumentadas que estén. La fe abre nuevos senderos porque transforma el corazón humano y, por tanto, a la Humanidad entera. Recuerdo aquella historia que leí en alguna ocasión de aquel padre que descompone en varios pedazos un mapamundi para que su hijo pequeño lo reconstruya. El niño lo hace al instante, porque se había dado cuenta de que por la otra parte del mapamundi, cuando esté aún estaba íntegro, había una fotografía o silueta de un ser humano, así que recomponiendo al ser humano se acabó también recomponiendo el mundo, que es tanto como decir, la Humanidad.
Jesús de Nazaret lo ha hecho posible. Siguiendo su estela se puede recomponer la estampa más hermosa de la Humanidad , el ser humano en su expresión más loable y bondadosa. Aún cuando no hubiese influido tanto en nuestra cultura, lo decisivo sería que su huella de amor moldea corazones y los despierta para aspirar al bien que provoca vivir con una auténtica actitud de amor. Aunque los poderes instituidos traten de demoler toda construcción humanista cristiana. Aunque se trate de borrar la huella de Jesús de la historia (revisada y narrada según los intereses dominantes). Aunque se quemen cuadros e imágenes, nadie podrá arrancar la presencia de Dios del corazón del ser humano que se pregunta sobre su más alta y trascendental dignidad. Como decía aquel futbolista brasileño que llevaba inscrito el nombre de Jesús sobre su camiseta de portero, a la altura de su corazón, una vez que le obligaron a no llevar publicidad no autorizada: “podrán arrancar el nombre de Jesús de mi camiseta, pero no de mi corazón”. Nosotros mismos, tú y yo, hemos entregado la vida (con toda nuestra fragilidad) a la causa del bien, tal y como aciertas a delinear en las palabras de tu última misiva. Necesitamos recuperar el humanismo cristiano, el que nace del amor justo, solidario y comprometido, el que se centra en el ser humano concreto como auténtico monumento. Tenemos que reinventar la historia para no falsearla, para no quedarnos anclados en el pasado, en viejas y caducas glorias. Hay que reinventar formas de hacer el bien, que es la mejor manera de seguir impregnando la cultura de cristianismo. Ya sé que estas palabras pueden sonar a subversivas, pero: ¿hay algo más revolucionario que el amor? Ésta es la esencia de la fe cristiana.
Tomado de "Gente por Jesús", en el que abordamos la figura de Jesús de Nazaret hoy, su influencia, el cómo su mensaje sigue siendo actual. Puedes ver una reseña del libro en...
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